La barca sin pescador

Oct 20, 2007 | Publisher: hamburgo | Category: Other |  

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La barca sin pescador Alejandro Casona http://www.librodot.com Alejandro Casona (1903 – 1965) OBRA COLABORACIÓN DE USUARIO Esta obra fue enviada como donación por un usuario. Las obras recibidas como donativo son publicadas como el usuario las envía, confiando en que la obra enviada está completa y corregida debidamente por quien realiza la contribución. (1945) Comedia en tres actos 2 La barca sin pescador (1945) "En el más remato confín de la China vive un Mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese, ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?" (Chateaubriand. "El genio del Cristianismo") "Después me asaltó una amargura mayor. Empecé a pensar que el Mandarín tendría una numerosa familia que, despojada de la herencia que yo consumía en platos de Sèvres, iría atravesando todos los infiernos tradicionales de la miseria humana los días sin arroz, el cuerpo sin abrigo, la limosna negada…" (Eça de Queiroz. "El Mandarín") 1 1 Estas dos notas deberán figurar en los programas, como lemas de la comedia. 3 Alejandro Casona (1903 – 1965) Personajes ESTELA FRIDA LA ABUELA ENRIQUETA RICARDO JORDÁN EL CABALLERO DE NEGRO Tío MARKO JUAN BANQUERO CONSEJERO 1º CONSEJERO 2° 4 La barca sin pescador (1945) ACTO PRIMERO Despacho del financiero Ricardo Jordán. Lujo frío. Sobre la mesa, ticker y teléfonos. En las paredes, mapas económicos con franjas de colores, banderitas agrupadas en los grandes mercados y cintas indicadoras de comunicaciones Una gran esfera terrestre, de trípode. Reloj de péndulo. Invierno. Enriqueta, sentada. Ricardo acude de mal humor al teléfono que llama desde que se levanta el telón. Mientras él habla, ella retoca su maquillaje. RICARDO. - ¡Hola! ¿Larga distancia...? Sí, sí, diga... Aquí también: otros cuatro enteros en media hora. Pero le repito que no hay ningún motivo de alarma. No, eso nunca; mis órdenes son terminantes y para todos los mercados. ¡Pase lo que pase, comprenden! ¡Nada más! ¡Gracias! (Cuelga. Mira el ticker que señala la cotización del momento.) ENRIQUETA. - ¿Siguen las malas noticias? RICARDO. - Así parece. ENRIQUETA. - ¿Graves? RICARDO. - Peores las he conocido y he sabido capear el temporal. Cuando se ve de dónde viene el golpe es mas fácil evitarlo. ENRIQUETA. - SI te limitaras a evitarlo... Pero te conozco; no eres hombre que se conforme con encajar un golpe sin devolver otro. RICARDO.—(Ofreciéndole un cigarrillo.) - Es lo que he hecho siempre. ¿Voy a acobardarme ahora? 5 Alejandro Casona (1903 – 1965) ENRIQUETA. - No se trata de valor, sino de cifras. ¿Cuánto han subido hoy las acciones de la Canadiense? RICARDO. - Catorce enteros más. Los mismos que hemos bajado nosotros. ENRIQUETA. -¿Y hasta dónde puedes resistir la baja? RICARDO. - No me importa el límite, puesto que se trata de una baja provocada artificialmente. El juego está bien claro: o la Canadiense o yo. Vere- mos quién ríe el último. ENRIQUETA. - Ellos pueden permitirse el lujo de perder indefinidamente con tal de hundirte. No se trata de una empresa que defienda sus intereses. Es un hombre que te odia. Josué Méndel. RICARDO. - Josué Méndel... Un aprendiz. Los primeros negocios sucios que hizo en su vida los aprendió conmigo. Yo le enseñaré a respetar a su maes- tro. ENRIQUETA. - Pero hoy es el gran conductor de la industria y de la banca. Sabe sonreír en los salones; y las mujeres le admiran. RICARDO. - Ya veo, ya. ENRIQUETA. - Sin ironías, Ricardo. Es un juego peligroso. Puedes arrastrar a la ruina a mucha gente contigo. RICARDO. - No puedo perder mi tiempo pensando en los demás. ¿Tienes miedo? ENRIQUETA. - Por ti. Tú eres un apasionado, capaz de poner la vida entera a una carta. El tiene los ojos fríos, camina despacio... y llega siempre adonde quiere ir. RICARDO. - Nunca te imaginé tan pesimista. ¿Qué es lo que me aconsejas? ¿Rendirme? ENRIQUETA. 6 La barca sin pescador (1945) - Pactar. RICARDO. - ¿Con Méndel? Nunca. Él ha querido la guerra, pues tendremos guerra. Y por favor, dejemos esto: no me parece elegante para ti. ¿Por qué no me llamaste anoche? ENRIQUETA. - Después de un día tan agitado supuse que necesitarías descanso. Estuve cenando en el Claridge... con unas amigas. RICARDO. -¿No hay teléfono en el Claridge? ENRIQUETA. - No quise despertarte. RICARDO. - Qué extraño... Nunca me ha gustado el Claridge. Es donde suele reunirse la gente de Méndel. ENRIQUETA. - ¿Qué quieres insinuar...? RICARDO. - Seamos claros, Enriqueta. Hasta ayer nunca habías visto a ese hombre. ¿Dónde aprendiste que Méndel tiene los ojos fríos? ENRIQUETA. - ¡Ricardo...! ¿Una escena de celos ahora? RICARDO. - Perdona. (Entra Juan con una bandeja, dos vasos, coctelera y soda.) DICHOS y JUAN JUAN. - Con permiso, señor. RICARDO. - ¿Quién ha pedido eso? JUAN. - Como el señor lleva tres noches sin dormir, me he permitido... ¡Pruébelo y me lo agradecerá!; pero con cuidado. ¡Es una fórmula para soñar de pie! RICARDO. 7 Alejandro Casona (1903 – 1965) - Gracias Juan. JUAN.—(Dejando la bandeja.) - El Director del Banco y los Consejeros esperan. RICARDO. - ¿Tranquilos? JUAN. - Pálidos. El señor Director ha encendido tres cigarrillos seguidos y no ha fumado ninguno. RICARDO. - Que pasen. (Sale Juan.) Será mejor que te retires si no quieres presenciar una sesión borrascosa. ENRIQUETA. - Escúchalos con calma. En estos momentos todo consejo puede ser útil. ¿Por qué me miras así? RICARDO. - No sé. Te encuentro muy extraña. Demasiado razonable, quizá. En fin, querida; será que vamos envejeciendo. (La besa fríamente.) ENRIQUETA. - Piénsalo, Ricardo. Piénsalo. (Sale. Ricardo la mira ir pensativo. Se sirve un vaso. Juan abre la puerta corredera del fondo, dejando pasar al Director del banco y dos Consejeros.) RICARDO, BANQUERO, CONSEJEROS 1º y 2º RICARDO. - Adelante, señores. ¿Algo nuevo? CONSEJERO 1º. - Demasiadas cosas en poco tiempo. ¿Ha visto el curso de las cotizaciones? Ayer cerramos a ciento ochenta y hoy hemos abierto a ciento sesenta y cinco. Desde entonces acá... RICARDO. - Ya sé. Hemos bajado catorce enteros más. CONSEJERO 2º. - Perdón; diez y ocho en este momento. Antes del cierre serán veinte, quizá treinta. BANQUERO. 8 La barca sin pescador (1945) - He salido de la Bolsa cuando se lanzaban al mercado cuatro mil acciones más. He visto el desconcierto de los agentes, los corrillos nerviosos de cien pequeños accionistas, las cifras derritiéndose como manteca en las pizarras. RICARDO. - Sin embargo puedo garantizarles que es una falsa alarma. BANQUERO. - No es una alarma. ¡Es el pánico! Una jauría aullando de terror y apretujándose por desprenderse de unos valores que se desploman. CONSEJERO 1º. - Una alarma puede cortarse con un golpe de audacia. Contra el pánico no hay fuerza humana que resista. RICARDO. - Ahí está la única palabra; resistir. ¡Resistir! ¿A quién favorece este pánico? A Méndel. Por eso lo paga. Cuando nuestras acciones estuvie- ran en el suelo, él vendría tranquilamente a recogerlas y apoderarse de la empresa. Hace falta ser muy estúpido para no ver el juego. CONSEJERO 2º. - ¿Es decir, que usted se empeña en no ver en todo esto más que una simple especulación? RICARDO. - Lo he hecho yo muchas veces y conozco el sistema: la prensa comprada, los saboteadores a sueldo, los rumores alarmistas... BANQUERO. - Desgraciadamente no son todo rumores: también hay realidades. La huelga se extiende en las refinerías amenazando con el paro total. RICARDO. - Se compra a los líderes. Bastará doblar el precio que les haya ofrecido Méndel. BANQUERO. - ¿Y nuestros yacimientos de petróleo al otro lado de la frontera? El golpe de estado nacionalista no reconoce los intereses extranjeros. CONSEJERO 1º. - ¡Nuestros pozos serán expropiados al precio que ellos fijen! RICARDO. - Propaganda política que nadie se atreverá a confirmar. ¡El petróleo no tiene patria! CONSEJERO 2º. 9 Alejandro Casona (1903 – 1965) - No es una amenaza. Es noticia confirmada por nuestra agencia. Vea este cable. BANQUERO.—(Mientras Ricardo lee el cable.) - Cuando esto se sepa en la Bolsa, la baja se convertirá en una caída vertical. CONSEJERO 1º. - Hay que salvar lo que se pueda, antes que sea tarde. RICARDO. - En resumen: ¿qué es lo que me proponen? ¿Entregarnos a Méndel? CONSEJERO 1º. - Hoy todavía estamos a tiempo de pactar. Mañana nos tendrá atados de pies y manos. RICARDO. - Rotundamente, ¡no! Mientras yo tenga la dirección de la empresa, mi única orden es resistir. ¡Y luego, pegar! BANQUERO. - ¿Con qué capital? En estas condiciones mi Banco no puede arriesgar nuevos créditos. RICARDO. - ¿También usted ha perdido la fe en mí? BANQUERO. - ¿Y quién puede tenerla cuando el grito de alarma ha salido de este mismo despacho? Esas cuatro mil acciones lanzadas al mercado esta misma mañana son de la señorita Enriqueta. ¡Su propia amiga! RICARDO. - ¡No es posible! BANQUERO. - Anoche la vieron cenando con Méndel. En el Claridge. RICARDO. - ¡Mienten! ¿Quién la ha visto? CONSEJERO 1º. - Yo, señor Director. CONSEJERO 2º. - Y yo. RICARDO. 10 La barca sin pescador (1945) - ¿Luego también ustedes estaban? Ahora veo clara la maniobra. El barco se hunde y las ratas se apresuran a abandonarlo. ¿No es eso? Pues no, señores. Yo sabré ponerlo a flote una vez más. Y si el capital de la empresa no basta, yo lucharé con el mío, hasta el último céntimo. (Vuelve a oírse el ticker.) BANQUERO. - Piénselo fríamente. Puede ser la ruina. CONSEJERO 1º.—(Que ha corrido a observar el ticker.) - Mire estas cifras. ¡Es el desplome total! CONSEJERO 2º. - Los accionistas exigen su dimisión. ¡Es lo único que puede salvarnos a todos! RICARDO. - ¡Basta! ¿Qué esperan? Vayan a arrodillar su miedo a los pies de Méndel. Por mi parte sólo conozco una fórmula de lucha; o todo o nada. Es mi última palabra. BANQUERO. - Está bien. También nosotros diremos la nuestra. ¡Vamos! (Salen.) RICARDO.—(Solo, murmura, entre dientes.) - Cobardes... cobardes... ¡Y ella...! (Se deja caer abismado en un sillón. Bebe de nuevo en silencio. Rumor de lluvia. Las luces bajan visiblemente mientras se oye un extraño fondo de música, obsesiva y monótona. La puerta corrediza del foro se abre. Sola, lentamente, sin ruido alguno, dando paso al Caballero de Negro. Vuelve a cerrarse a su espalda con un discreto misterio. El Caballero de Negro viste chaqué y trae al brazo su carpeta de negocios. Solamente su sonrisa fría, su nariz rapaz y su barbilla en punta denuncian, bajo la apariencia vulgar, su perdurable personalidad. Avanza en silencio y habla sobre el hombro de Ricardo con cierta solemnidad confidencial.) RICARDO y el CABALLERO DE NEGRO CABALLERO. - No lo pienses más, Ricardo Jordán. Tu amante te ha traicionado. Tus amigos, también. Estás al borde de la ruina. Tal vez de la cárcel. En estas condiciones, el único que puede salvarte soy yo. (Ricardo mira sorprendido a su alrededor y luego al desconocido, como si tardara en darse cuenta.) RICARDO.—(Se levanta.) 11 Alejandro Casona (1903 – 1965) - ¿Quién es usted? CABALLERO. - Un viejo amigo. Cuando eras niño y tenías fe, soñabas conmigo muchas noches. ¿No te acuerdas de mí? RICARDO. - Creo que he visto esa cara alguna vez... no sé dónde. CABALLERO. - En un libro de estampas que tenía tu madre, donde se hablaba ingenuamente del cielo y del infierno. ¿Recuerdas? Pagina octava... a la izquierda. RICARDO.—(Mirándole fijamente.) - ¿Entre una nube de humo? ¿Con una capa roja y una pluma de gallo? CABALLERO. - Era el traje de la época. Ha habido que cambiar un poco la tramoya y la guardarropía, para ponerse a tono. RICARDO.—(No queriendo creer.) - ¡No...! CABALLERO. - Sí. RICARDO.—(Se restriega los ojos.) - Hablemos en serio, por favor... ¿no pretenderá hacerme creer que estoy tratando con... con...? CABALLERO. - Dilo sin miedo. Con el Diablo en persona. RICARDO. - ¡Demonio! CABALLERO. - También. Todos mis nombres se usan como exclamación. RICARDO.—(Tratando de reaccionar.) - Desconocido señor: yo no sé de qué manicomio se ha escapado usted ni qué es lo que se propone. Pero le advierto que ha elegido muy mal momento. CABALLERO. - ¿Malo, por qué? ¿No estabas desesperado cuando llegué? RICARDO. 12 La barca sin pescador (1945) - Eso sí; puede jurarlo. CABALLERO. - ¿Entonces...? Yo siempre elijo para los hombres ese mal cuarto de hora que vosotros elegís para las mujeres. RICARDO. - ¿Pero se da cuenta de lo absurdo de esta situación? Usted no puede estar ahí, aunque lo crea. El diablo no es un personaje de carne y hueso. Es una idea abstracta. CABALLERO. - Y sin embargo aquí me tienes. De vez en cuando, hasta las ideas abstractas necesitamos salir a estirar las piernas. RICARDO. - No puede ser. Una aparición en estos tiempos... ¡y con esa facha! CABALLERO.—(Ofendido, mirándose.) - ¿Facha? RICARDO. - Perdón; quiero decir, con ese aspecto provinciano, de pequeño burgués. CABALLERO. - Te diré; en realidad hay tres diablos distintos según la jerarquía de las almas. Hay uno aristocrático y sutil, para tentar a los reyes y a los santos. Hay otro, apasionado y popular, para uso de los poetas, y los campesinos. Yo soy el diablo de la clase media. RICARDO. - Ahora me explico el chaqué; y hasta la carpeta de negocios. ¿No le parece demasiada naturalidad? CABALLERO. - La naturalidad siempre está bien. Incluso para lo sobrenatural. Con permiso. (Se sienta tranquilamente y se sirve un vaso.) RICARDO. - Ea, basta de bromas estúpidas. O usted se retira ahora mismo o haré que lo pongan en la calle. CABALLERO. - Creo que vas a perder el tiempo: pero inténtalo. (Se sirve soda. Bebe. Ricardo aprieta en vano el timbre y luego trata de llamar al teléfono. El Caballero de Negro comenta sin mirar.) Es inútil. El timbre no sonará. El teléfono tampoco. RICARDO.—(Llamando en voz alta.) 13 Alejandro Casona (1903 – 1965) - ¡Juan...! ¡Juan...! CABALLERO. - No te canses; mientras yo esté aquí, nadie se moverá ni escuchará tu voz. El tiempo mismo se quedará dormido en los relojes. (Ricardo mira el reloj. El péndulo se detiene.) RICARDO. - Pero entonces... es verdad. ¿No estoy soñando? CABALLERO. - Pronto te convencerás del todo. Siéntate tranquilo y hablemos como dos buenos amigos. RICARDO. - Eso de amigos... CABALLERO. - No seas modesto, siéntate. RICARDO. - SI no hay otro remedio... (Se sienta. Saca su pitillera.) ¿Un cigarrillo? CABALLERO. - Gracias; me hace daño el humo. RICARDO.—(Enciende el suyo.) - ¿Y bien? ¿Puede saberse a qué has venido? CABALLERO. - Pasaba por la bolsa, ¡donde tengo tantos clientes! He visto tu caso y vengo a proponerte un negocio. Naturalmente, un negocio espiritual. RICARDO. - ¡Tú siempre romántico! CABALLERO. - Siempre; es mi destino. Mientras vosotros os preocupáis sólo de la mecánica y la economía, yo sigo ocupándome exclusivamente del alma. RICARDO. - ¿Crees que la mía merece la pena? CABALLERO. - En este caso, sí. Se trata de un experimento. RICARDO. - No creo que perder mi alma te cueste mucho trabajo; la pobre debe estar bastante perdida ya. 14 La barca sin pescador (1945) CABALLERO.—(Sacando una ficha de su cartera.) - En efecto; según la ficha que llevo de ella está ya casi madura para la condenación. Pero todavía le falta un empujoncito: el último. RICARDO. - Menos mal. CABALLERO. - Tu lista está bien nutrida de traiciones, bajezas, escándalos y daños. Ni el dolor humano te ha conmovido nunca, ni has guardado jamás la fe jurada, ni has respetado la mujer de tu prójimo. En cuanto a aquello de no codiciar los bienes ajenos creo que será mejor no hablar, ¿verdad? RICARDO. - Si; realmente, sería muy largo. CABALLERO. - En una palabra; todo lo que la Ley te manda respetar, lo has atropellado; todo lo que te prohíbe, lo has hecho. Hasta ahora, sólo un mandamiento te ha detenido: "No matarás". RICARDO.—(Inquieto, levantándose.) - ¿Es un crimen lo que vienes a proponerme? CABALLERO. - Exactamente; lo único que falta en tu lista. Atrévete a completarla, y yo volveré a tus manos las riendas del poder y del dinero, que acabas de perder. RICARDO. - No, gracias. Habré llegado muy bajo, no lo niego. Pero un crimen es demasiado. CABALLERO. - ¿Tan seguro estás de no haber cometido ninguno? Hay crímenes sin sangre, que no están en el Código. RICARDO. - ¿Por ejemplo...? CABALLERO. - Por ejemplo... (Consulta nuevamente la ficha.) Cuando eras niño pobre rondabas los muelles buscando plátanos podridos para saciar tu hambre. Treinta años después hacías arrojar al mar centenares de vagones, para hacer subir los precios. ¿Cómo llamarían a eso los niños hambrientos que siguen rondando los muelles? RICARDO. 15 Alejandro Casona (1903 – 1965) - No puedo detenerme en sentimentalismos. El corazón es un mal negocio. CABALLERO. - De acuerdo. Entonces dejemos los sentimientos y vamos a los números, que es tu fuerte. (Vuelve a consultar la ficha.) En tu empresa trabajan tres mil hombres respirando los gases de las minas y el humo de las fábricas. Según las estadísticas todos ellos mueren cinco años antes de lo normal. Tres mil hombres a cinco años, son ciento cuarenta siglos de vida truncada. ¡Linda cifra, eh! La historia del mundo no tiene tanto. RICARDO. - Tampoco de eso es mía la culpa. Yo no inventé el sistema. CABALLERO. - Pero vives de él cómodamente. Y todo esto sin contar a los que tosen en plena juventud gracias a ti; y a los que engendran hijos ra- quíticos, gracias a ti; y a los viejos prematuros, y a los mutilados... RICARDO. - ¡Tenemos los mejores hospitales del país! CABALLERO. - Lo de siempre: primero fabricáis los enfermos y después los hospitales. RICARDO. - Entendámonos. ¿Has venido a perder mi alma o a darme una lección de moral? CABALLERO. - Nunca he sabido hacer lo uno sin lo otro. RICARDO. - Vergüenza debiera darte. Si en vez de un predicador trasnochado fueras un diablo serio, estarías orgulloso de mí. CABALLERO. - ¿Y quién dice que no? Desde mi punto de vista todo lo que has hecho hasta ahora es perfecto. RICARDO. - ¡Ah! Pero de esos males de que me acusas, no soy el responsable yo sólo. Somos muchos. ¡Todos! CABALLERO. - En eso no te falta razón. Para emplear tu lenguaje yo diría que son... "crímenes anónimos, de responsabilidad limitada". 16 La barca sin pescador (1945) RICARDO. - Exacto. CABALLERO. - Por eso vengo a proponerte uno que sea exclusivamente tuyo; con plena responsabilidad. RICARDO. - Es inútil. ¡No mataré...! ¡No mataré! CABALLERO. - Calma. Un hombre de presa como tú no rechaza un negocio sin escuchar las condiciones. RICARDO. - Por buenas que sean. Una cosa es encogerse de hombros ante la vida de los demás, y otra muy distinta matar con las propias manos. CABALLERO. - ¿Y si no hicieran falta las manos? RICARDO. - ¿Qué quieres decir? CABALLERO. - Que el hecho material no me importa. Basta con la intención moral. Pon tú la voluntad de matar, y yo me encargo de lo demás. RICARDO. - No me fío. Un negocio con tantas facilidades siempre es sospechoso. CABALLERO. - Ah, ¿ya empieza a parecerte fácil? RICARDO. - ¿Y a quién no? Si la víctima cae lejos, sin que yo tenga que verla, ¿qué puede importarme? CABALLERO. - Lo que esperaba. Para sufrir con el dolor ajeno, lo primero que hace falta es imaginación: y tú no la tienes. Por ese lado, puedes estar tranquilo. Es un negocio limpio. RICARDO. - ¿Sin sangre? CABALLERO. - Sin sangre. ¿Aceptado? RICARDO. 17 Alejandro Casona (1903 – 1965) - La proposición es tentadora. Pero, ¿quién me responde de ti? CABALLERO. - Nunca he faltado a mis pactos. Yo te prometo que nadie lo sabrá, ni habrá ley humana que pueda castigarte. ¿Dudas aún? RICARDO. - Dicen que los criminales sueñan con sus víctimas. CABALLERO. - Tú no. Ni siquiera necesitarás conocerla. Puedes elegir un nombre cualquiera en cualquier lugar de la tierra. Cuanto más lejos, mejor. Por ejemplo... (Se levanta; se descalza un guante que deja sobre la mesa, y hace girar la esfera. Después la detiene con el dedo, al azar.) Aquí. Al otro lado del mar. Una pequeña aldea de pescadores en el Norte. ¿Has estado en el Norte alguna vez? RICARDO. - Nunca. CABALLERO. Mejor; conocer un paisaje es casi conocer al hombre. Ahora haz un esfuerzo mental, y sígueme. (La luz baja más dejando sólo iluminadas las dos figuras junto a la esfera.) Mira, ya es de noche en la aldea. Ahí tienes a Péter Anderson —un pescador como otro cualquiera— su- biendo la cuesta de su casa, frente al mar. Sopla un viento fuerte. ¿Lo oyes...? (Se oye, primero vagamente y después cada vez más próximo, el silbido del viento.) RICARDO. - No sé... Es algo así como si me zumbaran los oídos... CABALLERO. - Concéntrate más. Péter Anderson acaba de comprarse una barca, y sube alegremente la cuesta, cantando una vieja canción... ¿La oyes? (Se oye la canción lejana, acercándose. Fondo de acordeón.) RICARDO. - La siento acercarse. ¿No es una ilusión mía? CABALLERO. - No, es que tu alma está ahora allí. Péter Anderson ha bebido un poco de whisky... el despeñadero sobre la playa es peligroso... y corre un viento capaz de derribar a un hombre. Mañana, cuando lo encuentren en el fondo del acantilado, todo el mundo creerá que fue el viento. (Pausa. Se oye más clara la canción y el silbar del viento.) ¿Qué esperas? Un simple esfuerzo de voluntad, y toda la fortuna y el poder volverán de golpe a tus manos. Si no te basta, puedo ofrecerte también la ruina de Méndel... ¿Qué esperas...? 18 La barca sin pescador (1945) RICARDO. - No sé... no puedo... CABALLERO. ¡Tiene que ser ahora mismo, al doblar la cuesta! ¡Cierra los ojos, Ricardo Jordán! Es sólo un momento. RICARDO.—(Baja instintivamente la voz.) - ¿Qué tengo que hacer? CABALLERO.—(Poniendo el contrato sobre la mesa.) - Con una firma es bastante. Aquí (Ricardo moja la pluma y vacila. Crece el rumor del viento y la canción. El Caballero de Negro escucha, artísticamente conmovido.) Al final de la cuesta hay una ventana iluminada... Péter levanta la mano para saludar... ¡Firma ahora! ¡Es el momento! (Ricardo firma. Entonces, como saliendo de la esfera misma, se oye un grito desgarrado de mujer.) GRITO. - ¡Péter! (La canción se corta y el viento cesa repentinamente. Silencio absoluto.) CABALLERO. - Pobre Péter Anderson... RICARDO.—(Sobrecogido, sin voz.) - ¿Ya...? CABALLERO. - Ya. ¿Ves qué sencillo? Una ráfaga de viento negro sobre el despeñadero, y un pescador menos en la aldea. Es cosa de todos los días. (Guarda el documento.) En cuanto a tus negocios, pronto recibirás buenas noticias. Enhorabuena. (Se dispone a salir.) RICARDO. - Espera... ¿quién dio ese grito? CABALLERO. - ¿Qué importa eso ya? RICARDO. - Péter no estaba solo. Lo he oído perfectamente... ¡fue un grito de mujer! CABALLERO. - No preguntes. ¡Cuanto menos sepas, tanto mejor para ti! RICARDO. - Pero ese grito... ¡Si por lo menos no hubiera oído ese grito...! 19 Alejandro Casona (1903 – 1965) CABALLERO.—(Irónico.) - ¿Ya empezamos...? No vuelvas a pensar en ello. Y sobre todo, no olvides tus propias palabras: el corazón es un mal negocio. (Se vuelve junto a la puerta con una sonrisa ambigua.) De todos modos, pobre Péter Anderson ¿verdad? Cantaba como un enamorado... Y parecía tan feliz. (Se inclina cortésmente.) Muchas gracias. (La puerta se abre silenciosamente y sola como cuando entró y se cierra de nuevo tras él. Vuelve la luz normal. Ricardo, obsesionado, contempla en la esfera "el lugar del hecho". Por fin reacciona restregándose los ojos como si despertara. Mira el reloj. El péndulo vuelve a marchar.) RICARDO. - No puede ser. Aunque lo haya visto con mis propios ojos ¡no puede ser! (Golpea impaciente el timbre, llamando al mismo tiempo.) ¡Juan...! ¡Juan...! (Juan abre la puerta del fondo.) ¡Detén a ese hombre! ¡Tráelo acá otra vez! JUAN y RICARDO JUAN. - ¿A quién, señor? RICARDO. - Tienes que haberte cruzado con él. ¡Acaba de salir por esa misma puerta! JUAN. - Imposible. Yo estaba sentado, como siempre, ahí en el vestíbulo. RICARDO. - ¿Y no lo has visto? Un caballero vestido de negro... con una carpeta... JUAN. - Puedo jurarle que aquí no ha entrado ni salido nadie. RICARDO. - ¿Vas a hacerme creer que estoy loco? ¿Y el viento? ¿Tampoco lo has oído? JUAN. - ¿Viento? En el jardín no se mueve ni una hoja. RICARDO. - ¿Y una canción? ¡Y ese grito... ese grito de mujer, ahí mismo! JUAN.—(Mirando sospechosamente la coctelera.) 20 La barca sin pescador (1945) - Si el señor me permite un consejo, creo que le conviene acostarse. Ya le advertí que la fórmula del cóctel, es para soñar de pie. RICARDO. - Ojalá no hubiera sido más que un sueño. Pero lo he visto tan claro... (Pausa.) Dime, Juan ¿tú crees en el Diablo? JUAN.—(Digno.) - No creo que el señor tenga derecho a hacerme esa pregunta. La libertad de conciencia está garantizada en la Constitución. RICARDO. - Perdona: no he querido ofender tus convicciones. (Pensativo.) De todos modos, es extraño... muy extraño... JUAN. - ¿Por qué ha de ser extraño? El señor lleva tres noches sin dormir, tiene trastornados los nervios... y ha bebido dos vasos. RICARDO. - ¿Dos...? ¿Quién te asegura que fui yo el que bebió los dos? JUAN.—(Con los vasos en la mano.) - La señorita habría dejado en el borde una marca de carmín. Aunque modesta, también yo tengo mi experiencia. RICARDO. - Lo malo es que yo no recuerdo haber bebido más que el primero. JUAN. - Tranquilícese; después del primero, no hay quien recuerde los otros. RICARDO. - Tienes raz��n. Todo puede explicarse por las leyes naturales. Además, lo otro sería tan absurdo... tan anacrónico. (Respira profundamente, aliviado.) Gracias, Juan. No sabes el peso que me acabas de quitar de encima. JUAN. - No vale la pena; conozco mi oficio, simplemente. (Recoge todo en la bandeja. Ricardo va a encender un cigarro.) ¿Este guante negro es del señor? RICARDO.—(Nuevo sobresalto. Tira el cigarrillo.) - ¿Un guante negro? (Lo toma y lo mira fijamente.) ¡Exacto! Por fin un rastro de realidad. ¿Qué me dices ahora? Cuando tú sueñas con un árbol de manzanas, no te encuentras una manzana al despertar, ¿verdad? JUAN. 21 Alejandro Casona (1903 – 1965) - No es lo corriente. RICARDO. - Pues aquí está la manzana. Si este guante que vemos los dos es verdad, quiere decir que también fue verdad la mano... y el hombre de la mano. JUAN.—(Inquieto.) - ¿Le ocurre algo al señor? RICARDO. - Nada que tú puedas comprender. Lo que ha ocurrido aquí es un misterio; y el misterio no esta previsto en la Constitución. (Suena el teléfono.) Puedes retirarte. (Sale Juan, meneando la cabeza compasivamente. Ricardo acude al teléfono.) ¿Hola? Sí, yo mismo; diga... ¿Ya? sí, sí, lo esperaba; pero no tan pronto. Suspendan todas las compras hasta nueva orden. Gracias. (Mira la cinta del ticker que vuelve a funcionar. Se sienta pesadamente. Entra Enriqueta, radiante.) RICARDO y ENRIQUETA ENRIQUETA. - ¡Ricardo! ¡Qué alegría encontrarte solo! He venido corriendo; quería ser la primera en darte la noticia... RICARDO.—(Fríamente.) - ¿Que he triunfado? Si no lo supiera ya, me bastaría verte aquí otra vez para comprenderlo. ENRIQUETA. - ¿Te lo han dicho? RICARDO. - Sí. Ha habido un vuelco total en la Bolsa, y nuestros valores están subiendo más rápido que bajaron. ENRIQUETA. - ¡Si lo hubieras visto! Ha sido un espectáculo emocionante. Y de repente... como una descarga eléctrica. ¡Es para creer en milagros! RICARDO. - Me extraña esa alegría. Si tu jugaste a vender y yo a comprar, es mala noticia para ti. ENRIQUETA - No iras a reprocharme que haya tenido miedo. Me hicieron creer que todo estaba perdido, y trate de salvar algo... pensando en los dos 22 La barca sin pescador (1945) RICARDO. - Muy generoso. ¿Pero quiénes eran los dos? ENRIQUETA. - Te juro que lo hice por ti. ¡Sólo por ti! RICARDO. - Gracias, querida; no esperaba menos. Pero con el otro no seas tan impaciente. Conviene que el oso este bien muerto antes de repartirse la piel. Abajo tienes el coche, es mi último regalo. ENRIQUETA. - ¿Debo entender que me pones en la calle? RICARDO. - Te dejo donde te encontré. Mis saludos a Méndel. DICHOS y CONSEJEROS 1º y 2º Que aparecen al mismo tiempo por distintas puertas. Después el DIRECTOR del Banco. CONSEJERO 1º. - ¡Señor Jordán...! CONSEJERO 2º. - ¡Señor Jordán...! RICARDO. - Sin prisa, señores. ¿Grandes noticias, verdad? CONSEJERO 1º. - ¡Espléndidas! ¡Nuestros pozos del sur están a salvo! CONSEJERO 2º. - El conflicto de las refinerías se ha solucionado. El comité de huelga retira todas sus demandas. CONSEJERO 1º. - Y el alza sigue vertiginosamente. ¡Las cifras suben como fiebre! RICARDO - ¿Nada más? Eso es solo la primera parte. Algo más espectacular tiene que ocurrir aún. (Viendo llegar al Director del Banco que agita triunfalmente un cablegrama.) BANQUERO. 23 Alejandro Casona (1903 – 1965) - ¡Sensacional! RICARDO. - Quizá esté ahí ya. BANQUERO. - Cable urgente. ¡Los pozos de petróleo de Méndel están ardiendo! CONSEJERO 1º. - ¡Soberbio! Hay que hacer publicar esa noticia inmediatamente ¡Extra! iExtra! BANQUERO. - Permítame felicitarle. Sólo un cerebro como el suyo podía organizar una jugada así. RICARDO. - Gracias, señores, gracias. No esperaba menos. (Sin aceptar la mano que el Director le tiende.) ¿Y bien? ¿Que vienen a buscar ahora? ¿Todos, heroicamente, a ayudar al vencedor? BANQUERO - Yo siempre tuve fe en usted. CONSEJERO 1º. - Solo tratábamos de aconsejarle. RICARDO. - No tengan miedo por sus migajas. La rueda de la fortuna está en marcha y nadie puede detenerla ya. Pero ¿habrá bastante dinero en el mundo para borrar esa gota de sangre? ENRIQUETA. - ¿Sangre? BANQUERO. - ¿Dónde? RICARDO. - ¡Allá! En un playa cualquiera de cualquier pueblo. Mañana un revuelo de gaviotas descubrirá el sitio... y algún niño será el primero en encontrarlo... (Se miran todos confusos.) A ustedes les pregunto, hombres que todo lo compran y todo lo venden. ¿Cuánto cuesta arrancarse de los oídos un grito de mujer? ¿Qué río de oro puede devolver la luz a esos ojos azules donde se están enfriando las estrellas? ENRIQUETA. - ¡Ricardo! 24 La barca sin pescador (1945) BANQUERO.—(Deteniéndola, en vos baja.) - Calma. Son los nervios. RICARDO. - ¿Qué esperan aún? ¿No comprenden que lo que necesito ahora es estar solo...? ¡Solo!... ¡¡Solo!! (El Director se lleva del brazo a Enri- queta. Van saliendo todos. Vuelve a oírse el viento. Ricardo hace girar la esfera rápidamente.) RICARDO. - ¡Ese viento...! ¡Ese viento...! ¡Si pudiera dejar de oírlo alguna vez...! (Se deja caer en un asiento. A su alrededor se oyen voces obsesivas que repiten como hablándole al oído.) VOCES. - Péter Anderson... ¡Péter...! ¡Péter...! ¡Péter Anderson! (Se oye nuevamente el grito. La esfera sigue girando.) TELÓN 25 Alejandro Casona (1903 – 1965) ACTO SEGUNDO Tiempo después en casa de Péter Anderson. Hogar humilde de pescadores en una costa nórdica, con el remo clavado en la puerta y redes colgadas en las barandas. Sobre una repisa pequeños modelos de barcos, unos a medio hacer y otros ya terminados, en botellas o fanales de cristal. Mesa rústica de comedor, alacena con platos y cubiertos, una vieja estufa de hierro o chimenea de leña. A un lado entrada a la cocina; al otro, arranque de escalera y salida al huerto. Por la ventana y puerta del fondo se ve el acantilado, y más lejos la silueta del promontorio sobre el mar. Luz de tarde. La Abuela, sola, tiende la mesa mientras piensa y rezonga en voz alta. La ABUELA sola. Después, FRIDA. ABUELA. - Mantel para el almuerzo, mantel para la cena. Cuando el mantel se dobla, se abre la sábana; y cuando la sábana se tiende ya hay que volver al mantel. Y silencio. Ahora los dos platos. Y los dos cubiertos. Ayer también fueron dos; y antes de ayer... y así para siempre. Cuando éramos tres, la casa se llenaba de voces, y se hablaba de mañana... ¡Mañana! A veces se derramaba el vino y nos reíamos echándole sal. Desde que hay un plato menos, la mesa es demasiado grande. Falta el plato del hombre, y donde falta el plato del hombre ya no hay risas, ni vino... ni mañana. Dos mujeres solas, ahí está todo: el mantel frío, la sábana fría, y el silencio. ¡Maldita, maldita la casa de mujeres solas! (Frida, que ha aparecido en la puerta hace un momento escuchando extrañada, la llama.) FRIDA. - Abuela. ABUELA. - ¿Tú? Dichosos los ojos. Ya creí que se te había olvidado el camino de esta casa. FRIDA. - Oí la voz desde fuera y no me atrevía a pasar. Creí que estabas con alguien. ABUELA. 26 La barca sin pescador (1945) - Conmigo misma, y gracias. Por lo visto soy la única que todavía me aguanta. FRIDA. - Como te oí hablar alto... ABUELA. - ¿Y qué quieres que haga con todas las palabras que me están escociendo aquí? ¿Tragármelas? ¡A volar, aunque nadie las oiga! Lo que no se dice se pudre dentro, y es peor. (Sigue arreglando la mesa. Frida la ayuda.) ¿Tu marido? FRIDA. - En casa; trabajando. ABUELA. - Cuanto menos lo dejes solo, mejor. De un tiempo a esta parte Cristián bebe demasiado; ojo con él. ¿Y el niño? FRIDA. - Está bien. ABUELA. - Está bien, está bien... ¡Eso es todo lo que se te ocurre decir de un hijo! ¿No ata cacharros a la cola del gato? ¿No hace ruido con los zuecos en las baldosas? ¿No vuelca la marmita del agua caliente? ¿No tira piedras a las gaviotas? ¡Nunca! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Los hijos de mis nietos se limitan a estar bien, y se acabó. FRIDA. - Pero, abuela, si lo has visto ayer mismo. ABUELA. - Mi trabajo me costó, que ya no tengo las piernas para cuestas, y si yo no subo a nadie se le ocurre bajar. Podías haberlo traído contigo. FRIDA. - Pasaba nada más. No sabía si iba a entrar. ABUELA. - No sería la primera vez que te veo rondar y pasar de largo con la cabeza gacha. FRIDA. - No es por ti. ABUELA. - ¿Por quién entonces? ¿Por tu hermana? FRIDA. 27 Alejandro Casona (1903 – 1965) - ¿Está en casa? ABUELA. - Podando el huerto. ¿La llamo? FRIDA. - No, deja. Prefiero decírtelo a ti sola. ABUELA. - Cualquiera diría que le tienes miedo. ¿Es tu hermana la que te hace bajar la cabeza y pasar de largo por mi puerta? FRIDA. - Estela no es la misma de antes. Desde la muerte de Péter, a todos nos mira como enemigos. Como si alguien tuviera la culpa de su desgracia. ABUELA. - Siempre hay que perdonar a los que sufren. Ella se quedó sin nada, tú tienes todo lo que hace falta para ser feliz. Y en tu mesa siempre sobra el pan. FRIDA. - ¿Crees que eso me basta? Todo lo mío me parecería poco para dárselo. Pero no acepta nada de mí. ABUELA. - Ni de ti ni de nadie. El dolor de los pobres es muy orgulloso. FRIDA. - ¿Comprendes ahora por qué paso de largo muchas veces sin levantar los ojos? Me duele ver a mi hermana cosiendo redes ajenas, o trabajando la tierra como un hombre, o tallando esos barcos en las noches de invierno. ABUELA. - Ella lo dice: la mejor manera de recordar a los que se fueron es ocupar su puesto. FRIDA. - ¿Por qué condenarse a esta soledad? Mi casa es grande; allí podríamos vivir todos juntos. ABUELA. - ¿Abandonar estas paredes ella? Con los pies hacia adelante tendría que ser. Un día le propuse alquilar esa habitación que da al mar; siempre hay algún forastero que pagaría bien. Pero tampoco. Ni saldrá de aquí, ni consentiría que ningún extraño se asome a la ventana donde se asomaba Péter. 28 La barca sin pescador (1945) FRIDA. - ¿Y hasta cuándo puede resistir así? Para sostener una casa con las redes colgadas y una barca que no sale al mar, no basta el trabajo de una mujer. ABUELA. - Ya van casi dos años, y hasta ahora, mal que bien, vamos saliendo adelante. FRIDA. - No, Abuela. Tú lo sabes igual que yo: la renta de la huerta está sin pagar, y lo único que tenéis para responder es la barca. ¿Vais a dejarla perder? ABUELA. - Esa nadie nos la quitará. La defenderemos con uñas y dientes. FRIDA. - No hay más defensa que una: pagar. ABUELA. - Cincuenta coronas es demasiado para una casa sin hombre. FRIDA. - En la mía hay uno, sano y fuerte. Eso es lo que venía a decirte. La barca de Péter está salvada. ABUELA. - ¿Cristián pagó? ¿Y te escondes de tu hermana para decirlo? FRIDA. - Si ella supiera que ese dinero es nuestro, quizá no lo aceptaría. ABUELA. - Pero entonces... ¿qué me estáis ocultando las dos? ¿Ha ocurrido algo entre vosotras? FRIDA. - Por mi parte, no. Por ella... ojalá fueran solamente imaginaciones mías. (Se acerca, confdencial.) Dime, abuela, ¿Estela no te ha dicho nunca nada? ABUELA. - ¿De quién? FRIDA. - No sé... De mí... De Cristián... ABUELA. - ¿De tu marido? ¿Qué tiene ella que ver con tu marido? 29 Alejandro Casona (1903 – 1965) FRIDA. - Era el compañero de Péter; siempre estaban juntos. ABUELA. - Compañeros, sí; amigos, no lo fueron nunca, bien lo sabes. ¿Por qué recuerdas eso ahora? FRIDA. - Por nada. ABUELA. - Por nada, no. Algo ibas a decir. FRIDA.—(Se aparta.) - Cosas que se le meten a una en la cabeza. Ya pasó. ABUELA. - ¡Así, hija, así! Si algo te está mordiendo el alma, calla y repúdrete por dentro. Como ella. Como todos. Silencio, silencio siempre. ¡Y yo aquí en medio, llena hasta la garganta de palabras, sin tener con quién repartirlas! FRIDA. - Todo lo que tenía que decirte te lo he dicho ya. Lo que te pido es que no lo sepa Estela. ABUELA. - ¿Que no? En cuanto entre por esa puerta. ¡Pues buena soy yo para andar con secretos al escondite! Así nací y así me quedo. ¿Ves que a otros niños los asustan con la oscuridad? Pues a mí me asustaban con el silencio. Y vete tú a saber si, en el fondo, no son la misma cosa. (Aparece en la puerta tío Marko. Tipo de pescador torpón y lento. Trae un barquito de vela y tallas marineras en una canasta de mimbre.) ABUELA, FRIDA y Tío MARKO MARKO. - Buenas. ABUELA. - Otro que tal. ¿Le has oído alguna vez un saludo completo? "Buenas". Las tardes ya tienes que ponerlas tú. Apostaría a que no has vendido nada. MARKO. - Y apuesta bien. Ni una talla. 30 La barca sin pescador (1945) ABUELA. - ¿Con tanta gente como llegó en el barco de hoy? ¡Y qué gente! De esos que viajan porque sí y traen dinero de lejos, que siempre vale más. MARKO. - Miran. Pasan. Vuelven a mirar. Los forasteros sólo vienen a ver. ABUELA. - Y tú ahí, quieto como un poste, mirándoles pasar. Cuando la mercancía no les entra por los ojos, hay que metérsela por los oídos. MARKO. - Será que no sirvo. Cada uno es cada uno. ABUELA. - Ni uno ni medio ni nada. Al demonio se le ocurre mandarte a vender a ti, con ese aire de lagarto triste, y zurdo de las dos manos. MARKO. - Sin faltar, eh. Que uno aguanta y aguanta, y aguanta... y un día no aguanta, y a ver qué pasa. ABUELA. - ¡Ojalá! Más te quisiera reventando espuma que cruzado de brazos; pero ¡quiá! Si ya cuando te bautizaron, en lugar de ponerte sal, te pu- sieron azúcar. FRIDA.—(Recogiendo el barquito para llevarlo a la repisa.) - No es suya la culpa. Ya nadie compra estas cosas como antes. Hoy las fábricas lo hacen todo más barato y te lo ponen en casa. ABUELA. - ¿Cuánto pediste? MARKO. - Lo que me mandaron; diez coronas. ABUELA. - ¿Sin rebajar? Naturalmente, así todo parece caro. ¡Si me dejaran a mí! (Tomando el barquito de manos de Frida.) "¿Cuánto vale este barquito? —Quince coronas, señor. Madera de abeto. ¡Todavía huele a bosque! —Es muy caro. —Por ser usted se lo dejo en doce, y pierdo. —Es mucho. —¿Mucho? Son veinte noches de trabajo, señor. ¡Veinte noches de mujer con las manos frías! —No doy más que diez. — ¿Diez? —Diez. —¡Tómelo!" Y ya está. (Se sacude las manos y devuelve el barco a Frida que va a ordenarlo junto a los otros.) MARKO.—(Después de un esfuerzo de meditación.) 31 Alejandro Casona (1903 – 1965) - Pues no veo la diferencia. Con más palabras o con menos el precio es el mismo. ABUELA. - ¿Y es que las palabras no valen nada? Si el domingo en lugar de emborracharte hubieras ido a la iglesia, habrías oído lo que dijo el pastor. Y qué bien habla el condenado... Decía: "Cuando Jesús de Galilea envió por toda la tierra a sus discípulos, que eran unos pobres pescadores como vosotros, ¿creéis que les dio para luchar la espada o el caballo? ¡No! Les dio la palabra. Y con la palabra sola conquistaron el mundo". MARKO. - No es lo mismo. Los apóstoles eran hombres, y ya sabía Él que no iban a abusar. ABUELA. - ¿Punzaditas, eh? Pues mira qué bien te va a ti con tanto ahorrar la lengua. MARKO. - Vender no vendí. Pero hablar, si hablé. ABUELA. - ¿Con quién? MARKO. - No lo conozco. Un pasajero del barco. Estaba abajo en la playa, mirando hacia el despeñadero con los ojos fijos. Me preguntó: — ¿Hace usted esos barcos? —Yo no; la mujer de Péter Anderson. Al oír ese nombre se le mudó el color, y hasta me pareció que le temblaran los labios así como si hiciera frío. Repitió dos veces en voz baja: "Péter Anderson... Péter Anderson..." FRIDA. - Qué extraño... ¿y después? MARKO. - Después señaló hacia acá, como si conociera el pueblo, y me dijo: "La casa es aquella, al final de la cuesta, ¿verdad?" Sí, señor; aquella. Entonces volvió a quedarse callado, mirando... Y eso fue todo. ABUELA. - ¿Y eso fue todo? Pero maldito de Dios; ¿de modo que llega un hombre que viene de otras tierras, que ha conocido a Péter, que pregunta por su casa... y ahí lo dejas sin más, como si fuera el pan de cada día? (Llama a gritos.) ¡Estela...! ¡Estela! FRIDA.—(Disponiéndose a salir para evitar el encuentro.) - Adiós, abuela... 32 La barca sin pescador (1945) ABUELA. -¡Quieta! ¿Qué prisa te ha entrado de repente? FRIDA. - Es tarde ya. El niño estará solo... ABUELA. - ¡Que esperes te digo! (Estela aparece en la puerta y detiene imperativa a la hermana.) ESTELA. - ¿Te ibas porque llego yo? FRIDA. - Se me ha hecho tarde. ABUELA. - Nunca es tarde para poner las cosas claras. Con que si algo tenéis que hablar lo habláis, y aquí paz y después gloria. (Frida vuelve a escena. Estela deja rastrillo y podadera, y dispone sobre la mesa un brazado de ramas verdes.) ESTELA. - ¿Para eso me llamabas a gritos? ABUELA. - Tío Marko tiene la culpa. Imagínate que ha llegado al puerto un amigo de Péter preguntando por la casa, y aquí nos tienes sin saber quién es, ni qué quiere, ni por qué ha venido, ni adónde va. ESTELA. - ¿Un amigo...? MARKO. - Yo no he dicho que sea un amigo. Sólo dije que parecía conocer el nombre y la casa. ESTELA. - ¿De dónde viene? ABUELA. ¿De dónde va a venir? Del sur. Llegó en el barco. ESTELA. - El Sur no es ningún sitio, abuela. ABUELA.—(A Marko.) - ¿Es alto y enjuto? ¿Tiene el pelo de estopa y los ojos azules? ¿A que no? 33 Alejandro Casona (1903 – 1965) MARKO. - No. ABUELA. - ¿Lo ves? Del sur. ¡Vas a decirme a mí lo que es el sur! ESTELA.—(Pensativa.) - Puede ser. Péter había navegado por los cuatro rumbos del mar; y todos los que le conocieron le querían. ABUELA. - ¿La estás oyendo? ¿Qué esperas que no corres a buscar a ese hombre? MARKO. - Nadie me lo mandó. ¿Voy? ESTELA. - Ve. La casa de Péter Anderson siempre estuvo abierta para sus amigos. (Sale Marko.) ABUELA.—(Pajarea impaciente.) - ¡Un amigo! ¡Un amigo que viene sabe Dios de dónde, y nosotras sin nada que ofrecerle! ¡Hay que arreglar bien todo! ¡Hay que encender el fuego! ¡Hay que sacar brillo a los cobres! (Deteniéndose ante Frida.) Espera... ¿Qué me encargaste que no le dijera a tu hermana? Ah, si; lo de la renta. ¡Ella pagó las cincuenta coronas! FRIDA. - ¿No podías callarte una vez siquiera? ABUELA. - ¿Callarme yo? ¿Estarme quieta yo? No, hija; ya habrá tiempo cuando tenga encima dos varas de tierra. (Saliendo hacia la cocina.) ¡Ay, si pudiera una cantar y volar al mismo tiempo, como los pájaros y las campanas! ESTELA y FRIDA ESTELA. - ¿Por qué lo has hecho? Cien veces te he dicho que quiero sostener mi casa yo sola. FRIDA. - ¿No lo harías tú por mí? ¿No lo has hecho siempre? Cuando éramos solteras las dos no había entre nosotras ni tuyo ni mío. 34 La barca sin pescador (1945) ESTELA. - Ahora es distinto. Lo que hay en la casa de la mujer casada es del marido. FRIDA. - Cristián no lo sabe. Son ahorros míos. ESTELA. - ¿Has dispuesto de ese dinero sin decírselo? FRIDA. - Temía que viniendo de él pudiera parecerte una humillación. ESTELA. - Nunca he pedido nada a nadie. No lo necesito. FRIDA. - Es dinero mío, y para salvar la barca de Péter. ¿Vas a hacerme la ofensa de tirármelo a la cara? ESTELA. - No, Frida. Te lo devolveré con el mismo amor con que me lo has traído. Eso es todo. Gracias. (Descuelga una red que tiende sobre sus rodillas y se sienta a coserla.) FRIDA. - ¿Te estorbo? ESTELA. - Al contrario; te lo agradezco. Hace mucho tiempo que no nos vemos. FRIDA.—(Se sienta a su lado procurando ayudarle.) - No es mía la culpa; pero cuando vengo te encuentro tan distinta, tan lejos... Trato de hablarte y ni siquiera me oyes; como si estuvieras en otra cosa. ESTELA. - Para mí no hay otra cosa. Siempre estoy en la misma. FRIDA. - ¿Por qué ese afán de atormentarte? Muchas en el pueblo pasaron antes lo que pasas tú, y supieron resistir. Hay que respetar la voluntad de Dios. ESTELA. - Ellas podían hacerlo si lo creían así. Pero la muerte de Péter no la quiso Dios. FRIDA. - ¿Quién maneja el viento? 35 Alejandro Casona (1903 – 1965) ESTELA. - No fue un golpe de viento lo que lo empujó al despeñadero. Fue una mano de hombre. FRIDA. - ¿Sigues pensando que hubo un culpable? ESTELA. - Yo lo vi desde esa ventana. Pero de nada me sirvió gritar. Fue de repente, como un relámpago de sombra. Lo vi lanzarse contra él a traición, y desaparecer luego en la noche. FRIDA. - ¿Por qué no dijiste eso cuando el juez te preguntó? ESTELA. - No podía jurar quién fue. Y aunque pudiera, no me dejaría el miedo. Tú sabes cómo querían todos a Péter; si yo señalara un culpable, el pueblo entero lo arrastraría por esa misma cuesta. FRIDA. - Pudo ser un engaño de tus ojos. El viento hace bailar las sombras de los árboles y forma remolinos de bruma. ESTELA. - Era un hombre; eso es lo único que sé. Un hombre de carne y hueso. (Suspende su labor y queda con los ojos fijos.) ¿Pero, quién...? Cuando duermo todos desfilan por mis sueños, uno a uno, como una procesión de niebla. Unos se esfuman al pasar; otros quedan quietos, con los ojos bajos y escondiendo las manos. A todos les pido la verdad de rodillas. ¡Pero nadie me responde! ¡Nadie compadece este dolor de mujer sola, con el sueño lleno de preguntas! (Pausa. Sigue cosiendo.) FRIDA. - Comprendo que te apartes de todos. ¿Pero de mí, por qué? Desde tu puerta a la mía hay apenas cien pasos para venir yo; para ir tú es como si hubiera cien leguas. ESTELA. - Quiero vivir clavada aquí, como ese remo. Lo poco que me queda, todo está aquí dentro. FRIDA. - ¿No soy yo nada tuyo? ESTELA. - Tú no me necesitas. Tienes a tu marido, y a tu hijo. 36 La barca sin pescador (1945) FRIDA. - Parece que lo dices con rencor, como si el ver felices a otros aumentara tu desgracia. ESTELA. - ¿Puedes creer eso de mí? No, Frida; nunca he sabido lo que es envidia del bien ajeno. Y en cuanto a ti, óyelo bien por si alguna vez lo dudaste: si estuviera en mi mano aliviar este dolor a costa de uno tuyo, antes me cortaría la mano que hacerte daño. FRIDA. - Entonces, si no tienes nada contra mí, ¿por qué te niegas a poner los pies en mi casa? (Se acerca más.) ¿Es por Cristián? (Hay una pausa tensa.) Contesta. ESTELA.—(Con la voz velada.) - ¿Quieres desenredarme la lanzadera? Tengo torpes los dedos. FRIDA. - No trates de desviar las palabras. ¡Contesta! ¿Es por Cristián? ESTELA.—(Con esfuerzo, sin mirarla.) - Cristián es otra cosa. Los que no fueron amigos de Péter no pueden serlo míos. FRIDA. - ¡Todavía...! Creí que había llegado la hora de olvidar resentimientos. ESTELA. - Dejemos eso en paz. Son cosas pasadas. FRIDA. - No, Estela; aunque nos cueste trabajo a las dos es mejor hablar claro de una vez. Tú siempre has creído que mi marido odiaba al tuyo. ESTELA. - Odio, no sé; rivalidad, sí. Sin que ellos lo buscasen, la vida los puso frente a frente muchas veces. FRIDA. - La primera, por ti. Antes de tu noviazgo con Péter, Cristián sólo tenía ojos para tu ventana. ESTELA. - ¿A qué recordar viejas historias? FRIDA. - Si entonces hubo celos entre ellos es cosa que ya no cuenta. El mismo día nos casamos las dos, y después de la boda volvieron a ser amigos como antes. 37 Alejandro Casona (1903 – 1965) ESTELA. - Pero la rivalidad seguía en pie con cualquier motivo. Cuando salían juntos al mar, Péter era el mejor pescador. Cuando cantaban en la capilla o en la taberna, la voz de Péter era la más hermosa. FRIDA.—(Se levanta.) - Bah, rencillas de aldea. Hoy reñían y mañana volvían a abrazarse. ESTELA. - Después fue la lucha por la barca. Los dos soñaban con la misma; los dos trabajaban día y noche para conseguirla. La tuvo el que traba- jó más y el que más la necesitaba. Ese día riñeron por última vez... pero ya no volvieron a abrazarse. (Hondamente.) Fue la noche en que murió Péter. FRIDA. - ¿Y es bastante una pelea de amigos para justificar una separación así? Tú lo has dicho: primero celos de muchachos por una misma mu- jer, y después celos de pescadores por una misma barca. Eso fue todo. ¿Puedes acusar a Cristián de algo más? ESTELA. - ¿Lo he acusado alguna vez? FRIDA. - No te pregunto lo que dices en voz alta; lo que quiero saber es lo que te está royendo por dentro. ESTELA. - Estate tranquila. No tengo nada contra Cristián, nada... (Con voz contenida.) Si algo tuviera, me bastaría pensar en ti y en tu hijo para callar. FRIDA.—(Sobrecogida de pronto, la mira intensamente.) - ¡Estela! ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? ESTELA.—(Angustiada.) - ¡Yo no he dicho nada! FRIDA. - ¡Has dicho demasiado, y ahora ya es tarde para volverse atrás! (Levantándole el rostro.) ¡Levanta esa cara! ¡Mírame! ¡Por qué recor- daste antes que riñeron la misma noche que murió Péter! ESTELA.—(Desesperada.) - ¡Por lo que más quieras! ¡Calla! FRIDA. 38 La barca sin pescador (1945) - ¿Quién es ese hombre que aparece en tus sueños? ¿Ese que aparta los ojos... ese que esconde las manos? ¿Es Cristián? ESTELA. - ¡Yo no lo he dicho! ¡No quise decirlo! (Esconde la cabeza entre los brazos.) FRIDA.—(Queda rígida, repitiendo sin voz, como ante una revelación imposible.) - ¡Es él... él...! ¿Y es mi propia hermana la que ha podido pensarlo? (Frida se sienta pesadamente, sin lágrimas, con los ojos perdidos. Es- tela se arrodilla junto a ella refugiándose en su regazo.) ESTELA. - Perdóname, Frida. Te juro que tampoco yo quisiera creerlo; que daría toda mi vida por no creerlo. ¡Pero es más fuerte que yo! Una puede crispar los puños y apretar los dientes echando cadena a las palabras. Pero al pensamiento no lo encierra nadie. Tú no sabes cómo he luchado contra esa idea de brasa, los gritos que he sofocado contra la almohada repitiéndome: "No puede ser. Cristián es bueno. La mala eres tú, mujer de sangre amarga". ¡Pero volvía a dormirme, y allí estaba Cristián, de pie en el sueño, como un relámpago negro sobre la sangre del despeñadero! FRIDA.—(Inmóvil, sin mirarla.) - Pretenderás aún que te agradezca el silencio. Más te hubiera valido acusarlo lealmente. Él habría sabido defenderse. ESTELA. - Esperaba poder convencerme a mí misma de su inocencia. Nadie más feliz que yo si un día pudiera perdonar. Pero no; cada paso que da no hace más que levantar nuevas sospechas. ¿Por qué, cuando Péter estaba ahí tendido, fue el único que no vino a verlo? ¿Por qué bebe ahora, él que nunca bebía? ¿Por qué no ha vuelto a sentarse a mi puerta y fumar una pipa sin temblarle la mano? FRIDA. - ¡Basta! No puedo oírte más. (Se levanta.) Quizá seas tú más digna de lástima que yo; pero algo muy hondo se ha roto hoy entre las dos. ESTELA. - No te vayas así. Espera. FRIDA. - ¿Qué más puedo esperar? Cuando salí de casa dejé allí a un hombre que era toda mi fe y al que podía besar con la risa en la boca. Ahora vuelvo con un silencio triste para enfriar la mesa. ¿Y eres tú la que se cortaría la mano antes de hacerme daño? Me has hecho el peor que podías hacerme, el más inútil; porque no has conseguido nada para recobrar tu paz, pero en cambio has envenenado la mía. Esa es tu 39 Alejandro Casona (1903 – 1965) obra. ¡Córtate la mano, Estela! ¡Córtate la mano! (Sale ahogada en sollozos. Ha caído la tarde. Estela llora de rodillas. Hay una pausa larga. Suenan lejanas las campanas de la oración. Estela enciende la lámpara. Vuelve la Abuela, secándose las manos.) ESTELA y la ABUELA ABUELA. - Ya están la loza y los cobres como un ascua. Pobres podrá encontrarnos, eso sí, pero limpias como la plata. ¿Por qué no te arreglas un poco? En el fondo del cofre hay un pañuelo grande de seda y un frasco de agua de olor. ESTELA. - ¿Para quién voy a arreglarme? ¿No te parezco bien así? ABUELA. - No digo eso. Como mujer, mujer, no tienes nada que envidiar a nadie. Ni yo misma cuando tenía tus años era mejor moza. Pero los hombres en todo se fijan; y más los forasteros, que traen los ojos nuevos. (Limpia y arregla todo lo que encuentra a mano.) ¡La de co- sas que habrá visto ese! Viajes, países, gente que va y viene. ESTELA. - Muy nerviosa te ha puesto esa visita. ABUELA. - Nerviosa es poco. ¿Querrás creer que estoy tiritando de pies a cabeza? ESTELA. - Ya veo, ya. Pero, ¿por qué? ABUELA. - ¡Casi nada! Después de tanta soledad, pensar que va a entrar por esa puerta un hombre que viene de lejos. ¡Sentir otra vez en la casa pasos de hombre! ¡Oír una voz de hombre! ESTELA. - ¿No te basta mi voz? ABUELA. - ¿Qué vale una conversación de dos mujeres? Es como cuando llueve en el mar. Nosotras podemos ser todo lo soberbias que tú quieras y hasta desviar los ojos, porque está bien, y porque así nos lo enseñaron. Pero un hombre es un hombre. Cuando lo tienes cerca hasta las paredes parece que están más seguras. ¡Si ellos no te 40 La barca sin pescador (1945) miran, ni siquiera te das cuenta de que eres mujer! ¡Y las casas con hombre huelen fuerte: a tabaco tranquilo y a buen sueño! ESTELA. - Abuela... ABUELA.—(Escuchando nerviosa.} - Silencio... ¡Ahí está... ahí está!... (Con un rezago de instinto se arranca el delantal y se arregla los cabellos grises. Entra Tío Marko, conduciendo a Ricardo.) DICHOS, TÍO MARKO y RICARDO MARKO. - Estela Anderson... La abuela... (Se saludan sin palabras). Él no sé cómo se llama. RICARDO.—(Avanza cohibido.) - Jordán. Ricardo Jordán. (Se miran en silencio. Pausa. Ricardo contempla con emoción la casa.) MARKO. - Como ven, tampoco el señor es de mucho hablar, con que, por mi parte, creo que está todo. ¿No? ESTELA. - Gracias, Tío Marko. MARKO. - Buenas. (Volviéndose a la abuela, más fuerte.) ¡Noches! (Sale.) ESTELA, la ABUELA y RICARDO ESTELA. - Ricardo Jordán... No recuerdo haber oído ese nombre. ABUELA. - No es extraño. Cuando Péter volvía de sus viajes hablaba de los barcos y los árboles y las chimeneas grandes. Pero de la gente, poco. Le gustaba más hablar de cosas que de personas. ESTELA. - ¿Fue usted amigo suyo? RICARDO. 41 Alejandro Casona (1903 – 1965) - Amigos no es la palabra. Le conocí sólo un momento, hace tiempo, cantando una canción. Pero fue algo tan importante en mi vida que no podré olvidarlo nunca. Ese recuerdo es el que me trajo aquí. ESTELA. - ¿Hizo el viaje por él? ¿No sabía... ? RICARDO. - Sí, lo sabía. Pero me atraía el afán de conocer su aldea, las cosas que fueron suyas, las gentes que él quería. ESTELA. - Las cosas pocas son: estas cuatro paredes y una barca inútil amarrada al puerto. La gente que le quería, el pueblo entero, y nosotras. ABUELA. - ¿Cómo puede recordarle tanto si le conoció sólo un momento? RICARDO. - Hay momentos que valen una vida; aquel fue uno. Mi fortuna o mi desgracia dependían de una firma, y el nombre de Péter Anderson lo decidió todo. Lo que yo no imaginaba entonces es que la fortuna y la desgracia pudieran ser una misma cosa. ESTELA. - ¿Lo supo él? RICARDO. - Él no podía saberlo. Pero lo cierto es que todo lo que tengo se lo debo. Y si aún fuera posible, todo me parecería poco para pagar aquella deuda. ESTELA. - Gracias por el buen recuerdo. Pero lo que falta en esta casa, no hay dinero que pueda pagarlo. RICARDO. - Lo temía. Cien veces estuve a punto de hacer este viaje y otras tantas volví a dejarlo por miedo a que fuera inútil. ABUELA. - Eso no. ¿Qué venía usted a buscar? ¿Un amigo? Pues aquí tiene dos. ¿Creía que nos debía algo? Pues con haber venido ya nos ha pagado de sobra. Habla tú, Estela; tú eres la que manda. ¿Qué habría dicho Péter si estuviera aquí? ESTELA. - Sólo tenía una frase para los que llegaban a él: esta es mi mesa, este es mi tabaco, esta es mi casa. Suyos son. 42 La barca sin pescador (1945) RICARDO. - No se apresure a ofrecer. ¿Ha pensado antes si lo merezco? ESTELA. - Al que viene de lejos no se le pregunta para dar. Para recibir, sí. Es lo que nos enseñaron los viejos. RICARDO.—(La mira emocionado, con respeto.) - Gracias... señora. ABUELA. - ¡Has oído: Señora...! Qué bien sabe decir "señora" esta gente del sur. (Acercándole una silla.) Siéntese, por favor; así, de pie, parece que se nos va a ir en seguida. ¿No está cansado del viaje? RICARDO. - Tengo costumbre. ABUELA. - ¿Cuándo vuelve a salir el barco? RICARDO. - Mañana, al amanecer. ABUELA. - ¿Tan pronto? ¿Pero esta noche cenará con nosotras, verdad? No, no, no, no me diga que no. ¿Quiere beber algo? Puedo traer un jarro de cerveza. RICARDO. - Gracias. No tengo sed. ABUELA. - ¿Y frío? ¿Quiere que encienda el fuego? RICARDO. - Tampoco; no se moleste. ABUELA.—(Casi enfadada.) - No está cansado, no tiene sed, no tiene frío... ¡Algo tiene que tener! La gente siempre tiene algo. ESTELA.—(Sonríe.) - No se lo tome a mal. La abuela quisiera que todo el mundo tuviera sed para darle de beber, y frío para encenderle el fuego. Es su manera de ser feliz. ABUELA. 43 Alejandro Casona (1903 – 1965) - En menos de un credo está lista la cena. Eso sí, no hay más que arenques, y que no falten. Pero no al humo como por allá; frescos, frescos, del mar a la sartén. ¿Le gusta el arenque? RICARDO. - No se preocupe por mí. A su lado, ya estoy viendo que acabaría por gustarme todo. Muchas gracias. ABUELA. - ¿A mí? ¿Gracias a mí? A usted habría que dárselas, hombre de Dios, aunque sólo sea una noche. Pon el otro plato, Estela. (Con un leve temblor en la voz.) Usted no sabe lo triste que es una mesa cuando sólo hay dos platos... y uno es el de la abuela. (Saliendo feliz.) ¡Tres platos otra vez!... ¡Tres platos...! (Ricardo la mira ir embelesado. Estela en silencio pone el otro plato.) ESTELA y RICARDO RICARDO. - Deliciosa mujer... ¡Qué garbo a su edad! ESTELA. - Va a cumplir setenta años de juventud. RICARDO. - ¿Y es siempre así? ESTELA. - Siempre; en el buen tiempo y en el malo. Hay árboles que nunca pierden las hojas. RICARDO. - Son ustedes un pueblo tranquilo y fuerte. En las granjas he visto muchachas haciendo trabajos de hombre y cantando al mismo tiempo. Todas tenían una sonrisa clara y los pañuelos dispuestos al saludo. Todas tenían los ojos azules. ESTELA. - Es de tanto mirar al mar. ¿Le gusta el país? RICARDO. - Acabo de conocerlo y ya quisiera que fuera el mío. ESTELA. - Gracias. RICARDO. - Tío Marko me dijo que usted también trabaja. 44 La barca sin pescador (1945) ESTELA. - No es ninguna maldición. ¿Qué haría si no? RICARDO. - Pero más de lo que pueden resistir esas manos. Incluso cultivar la tierra. ESTELA. - Bah, un pequeño huerto, ahí mismo. RICARDO. - ¿Hacía ese trabajo antes? ESTELA. - Antes no era necesario. Cuando vivía Péter plantábamos rosales. Después hubo que sembrar. Lo más triste de las casas donde falta el hombre es que hay que convertir en huertos los jardines. RICARDO. - ¿Por qué se niega a aceptar mi ayuda? Con lo que yo he gastado en una noche puedo comprar lo que no produciría ese huerto en cien años. ESTELA. - Su noche es suya. Mi trabajo es mío. Y me ayuda a recordar. RICARDO. - Espero que no habrá interpretado mal mis palabras. ESTELA. - No; sé que son sinceras, y limpias, se lo agradezco. (Pausa.) Parece que no es usted muy feliz con su fortuna. RICARDO. - ¿Para qué me sirve? Ya lo ve: ni puedo ahorrar con ella una fatiga de mujer, ni comprar una hora de sueño tranquilo. ESTELA. - ¿Tiene algo que olvidar? RICARDO. - Ojalá pudiera... ESTELA. - El tiempo le ayudará. Y los viajes. ¿Va muy lejos? RICARDO. - No me espera nadie en ninguna parte. Me gustaría perder ese barco mañana y aguardar aquí el regreso. 45 Alejandro Casona (1903 – 1965) ESTELA. - Es una pobre aldea. No se acostumbraría usted. RICARDO. - Es tan poco lo que necesito... y tan difícil de encontrar. ESTELA. - ¿Descanso? RICARDO. - Descanso. Quién sabe si no está aquí la paz que ando buscando. ESTELA.—(Lo mira pensativa). - ¿Cuánto tarda en regresar su barco? RICARDO. - Un par de semanas. ESTELA.—(Desvía los ojos). - Si le basta una mesa de pino y una ventana al mar... arriba hay una habitación vacía. RICARDO. - ¿En esta casa? ¿Y es usted, Estela Anderson, la que me ofrece su techo? ESTELA. - Siempre procuro hacer lo que hubiera hecho él. ¿Por qué baja los ojos? RICARDO. - No sé... la falta de costumbre. Vengo de un mundo donde todo se hace por dinero; hasta el más cobarde de los crímenes. Allí a todo desconocido se le mira como a un enemigo posible. En cambio usted no me pregunta quién soy ni de dónde vengo para abrirme su puerta. ¿Comprende por qué bajé los ojos? ¡Son treinta años de vergüenza que se me han subido a la cara! ESTELA. - No piense ahora en eso. Lo que siento es lo poco que puedo ofrecerle. ¿Ha sido usted rico siempre? RICARDO. - Siempre no; de niño supe lo que es el hambre... y ahora estoy empezando a recobrar la memoria. ESTELA. - Entonces todo será más fácil. 46 La barca sin pescador (1945) RICARDO. - Pero mi pobreza no era voluntaria como la suya. Sé que su barca es la más hermosa del pueblo y que muchos serían felices de poder comprarla. ESTELA. - Antes pediría mi pan por los caminos que vender esa barca. Sería como venderlo a él. RICARDO. - Conozco la historia. Péter la compró el mismo día que murió. ESTELA. - Qué fácil es decir: "la compró". Una sola palabra y ya está. ¡Pero cuántos días de fatiga y cuántas noches sin sueño hasta llegar ahí! Cuando era imposible salir al mar, Péter trabajaba con el hacha en el bosque. Por la noche, tallábamos juntos esos barcos, ahorrando el fuego. Pero todo era poco. Un día hubo que suprimir el vino en la mesa. Otro día, el tabaco. Cada nuevo escalón era una semana de siete angustias. Hasta las trece monedas de la boda hubo que poner. ¡Y el montón no crecía! ¡Ese pequeño montón de plata capaz de quebrar a un hombre, y que cabe después en un pañuelo! (Pausa de aliento.) Por fin llegó el gran día. Yo no sé lo que será el temblor de la mujer que espera un hijo, pero no puede ser más. Péter bajó al puerto, feliz, con su camisa limpia. Yo había puesto otra vez junto a su plato la pipa bien cargada, y le esperaba detrás de esos cristales, con un alegrón de avispas en las venas. Desde lejos le sentí venir, cantando, con aquella voz llena y madura de hombre entero. Al doblar la cuesta levantó la mano para saludarme... y de repente, ahí mismo, delante de mis ojos... (Se le rompe la voz.) ¡No! No pudo ser la voluntad de Dios. ¡Dios no hubiera elegido esa noche! (Se domina con esfuerzo.) Disculpe. No he debido recordar estas cosas. (Vuelve la abuela con la hogaza y la fuente de pes

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